lunes, 18 de febrero de 2013
"Toma este vals" o "Mónaco puto"
Fue apenas hoy cuando logré empatar las cosas con Ella. Y digo apenas porque no hace mucho nos prometíamos el cielo; o yo se lo prometía. No es que ella no, es que yo siempre fuí de los que sueñan despiertos en vivo y no dejan esperar hasta la mañana siguiente para contarlo: incluyendo las pesadillas, los malos sueños, y los errores que dicta el inconsciente a veces, puta, tan claramente. Prometimos el cielo entonces, pero nunca ninguno lo vió.
Con Ella siempre nos entendimos en los bares. Por eso, cansados de discutir sobre los teléfonos decidimos salir a caminar (hasta el bar). Al llegar y pedir una cerveza, el asunto estaba solucionado: El pasado resuelto, el incierto futuro: prometedor. Ella era (mierda, es) hermosa y lo único que relincha a quien suscribe es que nunca creyera del todo mis palabras ni mucho menos. (y no se queja, sino que teme que tenga razón).
Aquella noche luego de tres cervezas -demasiadas- decidimos dar por concluida la velada con la promesa de superar lo pasado y perder o ganar en el prometedor futuro, pese a las diferencias y los desentendimientos que nos habían traído hasta aquí otrora.
Ella, demasiado mujer. Yo, demasiado cobarde.
Al salir del bar, pasamos por un conocido restaurante clásico porteño (como el bar al que habíamos asistido bordeando el zoológico de Palermo) entre charlas y risas. Al pasar la última mesa le comenté a mi compañera:
- ¿Eu, lo viste?
-¿Eh, a quién?
-A Pico Mónaco, estaba sentado en la cabecera de la mesa de afuera, te relojeó de arriba a abajo y dijo...
-¿Qué Pico Mónaco?.. Me muero... -dijo, dándose vuelta, olvidando a su pareja y pensando en las probabilidades matemáticas supongo.
- Si si, Ese mismo...
Y caminamos unos varios metros mientras ella se daba vuelta y encontraba (claro, porque es preciosa ya lo dije) la mirada de Mónaco posada en su espalda cada vez que lo hacía. Yo, lejos de estar disgustado (claro que lo estaba) la alentaba a que volviera a encontrar su amor. Ella, mujer de largos años, dama de su propia historia, flor de su madurez (pendeja histérica); era una niña a los ojos de la estrella del deporte elitista argentino -nada que le pudiera dar celos a su pareja... el escritor que suscribe-.
Intentando dar un paño tibio al momento, la morena comenzó a recitar una frase a capella de Joaquín Sabina " Y la vida siguió como..." interrumpida por un tropezón que quedó como todo lo que les queda a las mujeres hermosas: Hermoso. Cosa que nunca supo.
Luego de unas dos o tres cuadras -y si, algunos cruces indeseables-, cansado de la inoportuna competencia con alguien acostumbrado a competir (contra alguien que no esta acostumbrado a perder) la detuve sobre la avenida Las Heras, frente al parque homónimo, tome sus manos, las viré hacia su espalda y la besé profundamente (con los ojos cerrados, se lo juro).
-Acá termina el cuento- le susurré entre el ante último y el último beso antes de soltar sus manos y retomar el camino a casa, lejos de Pico Mónaco.
Le comenté la vez que le gané a mi amigo (lo siento) Joaquín Sabina a Jimena en Terrenal y no me creyó. Quizás tenía razón pero no era ese el punto. El punto era que Pico Mónaco había posado sus ojos sobre la belleza que me acompañaba a mí.
Y el asunto no era que ella estuviera conmigo y no con el, porque claramente esa era una diferencia meramente ligada a la física: yo estuve cerca y él no en el debido momento.
El hecho me hizo ver -no algo que no supiera, pero si que no consideraba tal- a la mina (y lo digo con la definición que el lunfardo proclama) que tenía al lado.
-Puta -exclamé-, una compañera. Una mina preciosa. Una hermosa mina. Una mujer.
La mina que estaba conmigo era lo mejor que me podía pasar. La miré caminar, la miré mirarme, nos tomamos de las manos. Cosas cotidianas que nos hacen tan bien.
Algunas dudas se desvanecieron. Otras florecieron si, pero con la esperanza de marchitar rápido y dejar dulces aromas con su partir.
Confieso dejar en la piel de esa mujer ciertas dudas; que no puedo manejar. Me juro, en vez, dar lo mejor de mí para hacerla florecer como sus ojos prometen ante el oportuno y competente amante. Ella debe conocer lo mejor de mí, pues, al faltar las vestimentas debe florecer, acaso, el placer de no habernos equivocado. Y de ser uno, el placer del otro.
La dejé en su casa y me retiré como quién pierde en el décimo round contra Rocky Balboa -"Suerte con Mónaco" le escribí en un último mensaje un poco pelotudo, un poco celoso y un poco no se que (que es lo único que importa). - "Me hubiera gustado que te quedes a dormir" me contestó en un mensaje que leí, pero que hasta pude escuchar con su voz suave y hasta ver en sus ojos, mirándome.
Al leerlo, serví una copa, sentí una noche perdida, le pedí disculpas de manera retórica: poniendo fuerte Leonard Cohen:
http://www.youtube.com/watch?v=_e39UmEnqY8
y juré (no a ella, a mi) ser mejor para la próxima y prometida (otra vez mi pecado de prometer) vez. Ser quien ella necesita y no la sombra del rostro que aparenta pero que ni parece a la esencia. Ser Yo y no todo lo demás que tengo encima. Ser el cuerpo y el alma a la vez. No por mí, por ella, y entonces por mí. La tésis de Hegel, entonces.
Ser todo y absolutamente para ella. No completo (no nos engañemos si no lo estoy, ¿acaso alguien lo está?) pero si, ofrendar -que no es ofertar- todo lo que tengo a la persona que me mira con esos ojos y mira tan profundo que hace confundir palabras con pensamientos. Ella, que respeta tropiezos y contempla demoras, quien merece todo el oro del mundo.
Toma este vals,
rima esta ofrenda
sonrie este saludo
confía sobre esta verdad.
Viste estos vestidos,
desnuda estos cuerpos.
Renuncia a las cadenas,
saltemos al abismo (juntos).
Maduremos los inmaduros
inmaduremos los maduros.
Ensuciemos los perfumes:
toma este vals.
Pd: Mónaco puto.
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