martes, 13 de septiembre de 2011

Cesar Aira en El Bar de Gómez Parte I: Introducción

César Aira acaba de editar El Mármol, una novela breve en donde cuenta la retorcida historia de alguien que a partir de una compra en un supermercado chino de Buenos Aires se ve envuelto en una serie de aventuras sin precedentes con el pulso al que el autor nos tiene acostumbrados en una flamante edición independiente de tan solo mil quinientos ejemplares. A tres portadas diferentes, quinientos de cada una. Ni uno más. Es cada vez más común que el autor Pringlense opte por una de estos modos de editar. Otro de esos libritos cortos que el escribe a razón de una hojita por día, no mas.

Se sabe que entrevistar a Aira no es cosa fácil. Hace tiempo que no es asiduo a entrevistas pero sé, hizo una excepción y se vino al bar a tomar un vermú.

Soy de Pringles también y logré conseguir el contacto por medio de su madre y le escribí a su correo personal descaradamente.

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-Sr. Aira: (…) Me gustaría realizarle una breve entrevista.

Al minuto tenía mi respuesta: “Che, ¿vos sos sobrino de Horacio De Medio? Iba conmigo al colegio…Llamame en Pringles a lo de mi madre” Devolvía informalmente Aira. Ya era mío.

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Casualmente, el autor de Ema, la cautiva, viajaba a Pringles ese mismo día y se quedaba una semana. A los pocos días ya estaba yo allí en su búsqueda.

Al llegar me enteré del motivo de su viaje: Lo iban a nombrar ciudadano ilustre, nada menos.

Lo llamé a eso de las cuatro de la tarde a lo de su madre. Me atendió ella en persona:

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_¿Hola?

_Señora, buenas tardes, mi nombre es Santiago De Medio y había quedado en llamar al Sr. César Aira a su casa a esta hora, espero…

_A ver…Esperá. ¡César Aira!

_!Ahi voy! (Contestó una voz distante y poco familiar)

_(Suena agitado y tarda en atender) Hola

_Buenas tardes, ¿Señor Aira?

_ El mismo, como te va Santiago (Sigue agitado)

_¿Bien y usted? Espero no llamar en mal momento

_No, no, para nada. Lo que pasa es que tuve que subir por la escalera porque no andan los ascensores y estoy en el cuarto piso…

(risas al unísono, era inevitable)

_Me enteré que va a estar ocupado este fin de semana, le agradezco que me pueda hacer un espacio…

_Tranquilo. Son las…cuatro y cuarto, venite a las cinco.

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Ni siquiera me dijo dónde vivía. Debió suponer, acertadamente, que, de saber quien era su madre y demás, sabría donde vivía al venir a Pringles –viene solo dos veces al año por una semana y se instala en lo de su madre, en un discreto edificio en la zona céntrica-.

Compré unos vinos –uno nunca sabe-, me acomodé, alisté la grabadora, un anotador y su último libro.

Sólo en Pringles – Pensé: Ya al salir de mi casa se podía ver el edificio en cuestión a tan solo dos cuadras- Ese de esa ventana tranquilamente podría ser él.

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Toqué timbre y esperé. A los dos minutos baja un tipo de mirada despreocupada y arreglado casualmente.

Nos damos la mano y no me invita a entrar, cierra la puerta y me indica con un movimiento de la cabeza que prefiere caminar, me descoloca, pero es aún mejor caminar por Pringles, nuestro Pringles.

La gente que pasa lo mira. No estoy seguro de que muchos lo conozcan o reconozcan, no es por su cara que es famoso o reconocido, y menos por estos pagos. Pero de todas formas lo miran raro. Algo presienten, algo notan de esta figura. Tal vez, sea una cara ajena al trajín diario, tal vez si tenga algún tipo de aura especial a lo Walter Benjamin. El caso es que lo miran. ¿Él? Ni noticias de ello, no parece importarle.

Caminamos hacia la plaza del pueblo claramente. Un recorrido Art decó que es un ambiente mas que propicio para la entrevista mientras vamos sacando cuentas de quienes son mis padres, con quien fue él al colegio, y demás yerbas típicas de un pueblo del interior.

Ya en la plaza ubica un banco y nos dirigimos hacia allí. A esta altura, el grabador apagado ya había omitido grandiosas frases que el autor escupía con una terrible naturalidad. Al sentarnos no perdí mas el tiempo e introduje mi grabadora a la escena.

Cesar Aira en El Bar de Gomez parte II: La entrevista

Yo voy a apretar el botón rojo, de ahí a que salga…

¿Esa escritura y esa forma de encarar la forma de escribir es de alguna manera atemporal?

No. No. Estoy muy apegado a mí realidad cotidiana. Pero no a la realidad social.

La del diario…

Puede ser sí…Cuando doy una entrevista siempre pasa que digo una cosa y de golpe podría decir lo contrario exactamente igual.

¿Quizás esas cosas sean imposibles de evitar a la hora de escribir, aunque uno trate de no hacerlo?

Totalmente. Sobre todo en mí sistema que consiste en ir improvisando día a día. Nunca pienso un argumento antes de empezar entonces necesariamente va entrando la realidad de todos los días en lo que estoy escribiendo.

¿Usted se sienta a escribir sin saber que va a suceder?

Tengo siempre una idea general al comienzo. Una idea de partida: Algo sugerente que me parece que va a funcionar y me largo a la aventura de que algo pase. Y a veces pasa y a veces no pasa y lo abandono a las cinco o diez páginas.

Pero a veces sí.

¿Cuáles son esos elementos sugerentes que dan el puntapié inicial a la escritura?

Generalmente una idea de tipo intelectual. ¿Qué pasaría si…bueno, algo?

Por eso tiene algo de experimento: ¿Qué pasaría si mezclo esto con eso, flota o explota?

Y tiene de ahí a diez páginas para ver si funciona…

Exactamente. También suele pasar que abandone esa idea inicial y comience por otros lados. Es por eso que mi método de empezar sin nada. Una de las novelas sobre Pringles por ejemplo, La costurera y el viento, la empecé con el título nada más. Tenía esas dos cosas: La costurera y el viento. Y empecé a escribir eso justamente. Estaba viviendo en París, vivía cerca de una plaza y me sentaba en un café a escribir y se van dando la Patagonia y el viento que se enamora… Una de las novelas que escribí con mi amigo Omar Berruet [Amigo Pringlense de Aira desde la infancia], secretario de la intendencia, es el que manda acá.

Es el mando real…

El que manda porque los intendentes van pasando pero él queda.

Y habrá caminado esta plaza también con usted…

Con Omar vivíamos allá en la calle Alvear, fuimos vecinos por mucho tiempo en la infancia. Allí jugábamos un juego que llamamos El infinito, del que escribí un cuento corto: uno pensaba un número y lo decía y el otro tenía que decir un número más alto y así. Hasta que uno se aburría y decía: Bueno, Infinito.

¿Y el que lo decía primero ganaba?

No, porque entonces el otro salía con Dos infinitos. Ocho mil cuatrocientos infinitos. Ocho mil cuatrocientos infinitos coma cinco. Y entonces llegábamos a Infinito de infinitos.

¡Y uno tenía que ganar por knock-out únicamente!

(risas)

No imagino un final para el cuento corto.

Bueno como imaginarás, yo me voy para otros lados…

Ese cuento fue traducido a otros idiomas, y adonde voy siempre alguien me cuenta que jugaba a algo parecido…

(risas)

En Lituania, en Arabia, en España…Alguien estaba jugando cuando era chico a algo parecido.

Sin pedir permiso.

Siempre con alguna variación. Por lo visto los chicos de antes teníamos esos berretines matemáticos…

¿Le gustó encontrarse con ese juego por el mundo o es celoso de sus invenciones?

No. Además no era una invención mía, era una invención compartida con Omar Berruet.

¿Lo vio en esta oportunidad?

No, no, no. Pero mañana seguramente.

¿Esta es su primera visita este año?

No. Ya vine hará tres o cuatro meses. Es que ahora tengo sobrinitos nietos que son una debilidad, así que voy todos los días a jugar con ellos. Son el mayor atractivo para venir aquí.

¿Ellas seguro estimulen su frecuencia de viajes?

Si. Porque no puedo dejar pasar mucho tiempo porque sino crecen y me las voy a perder.

Usted, me imagino, debe ser el pariente divertido…

Yo me pongo enseguida en onda infantil y me tiro al suelo a jugar…

Siempre me preguntan ¿Qué sería si no fuera escritor? Y siempre contesto: Maestro de jardín de infantes.

No cobraría, ¡lo haría por el placer de hacerlo!

(risas)

Y ni hablar de cuando sus nietos tengan cierta edad y usted les pueda enseñar el juego del infinito.

…Ahora están con la Play Station…

A menos que lo patente y arregle con Sony para largarlo a modo de juego de Play Station

Podría ser…no creo.

¿Sigue siempre con su método de escribir una página por día?

Trato de hacerlo, sí. Acá en Pringles me es difícil porque estoy tan acostumbrado a escribir en los cafés… ¡y acá no hay! En Dixit [confitería céntrica] ponen una música tan fuerte. ¡Estoy completamente solo y ponen esa música como si a mi me gustara!

Pero sí, trato de todos los días hacer un poquito.

¿Se va a llevar algo de este viaje a Pringles? ¿Alguna hojita quizás?

Si. Aunque últimamente me está costando. No se si será la edad, el cansancio o será una etapa floja en la que nada sale bien.

Usted me dijo que descarta ideas flojas. ¿En qué medida descarta mucho y publica poco o viceversa?

Cuando termino algo, lo termino y se lo doy a algún editor, de hecho tengo algunas deudas. Yo tengo un acuerdo con mi agente que es alemán y vive en Alemania y el se ocupa de todo el mundo: hace contratos, cobra… Pero de Argentina me ocupo yo. Yo no me meto en el mundo, el no se mete en Argentina. En Argentina es todo gratis, sin contratos y para mis amigos. Hay varios editores independientes ansiosos por una novelita mía que ilustre sus catálogos.

¿Termina una obra y ya sabe a donde la va a destinar?

A veces pienso “esto sería para fulano…”

¿Que tiempos tiene entre una publicación y la publicación siguiente?

Varía mucho depende de lo que tenga terminado. Por ejemplo este año, tenía una novelita, El Mármol, una historia con extraterrestres, que se la había prometido a un amigo de una editorial, pero al final se la dí a otro que era también un gran amigo que había tenido muchos dramas en su vida y me la pidió desconsoladamente. Después saque una novela con el BAFICI. Yo había sido jurado el año pasado y mientras lo era me inspiré para una novelita de ambiente cinéfilo que llamé Festival y como el BAFICI saca siempre algunas publicaciones mayormente con artículos sobre cine y demás, nunca habían sacado ningún relato o novela y estaban muy entusiasmados al respecto así que se la dí a ellos. Una edición que se vendía solamente en el BAFICI en una edición bastante limitada que ahora va a sacar este otro amigo al que le debía una publicación.

Después unos chicos que hacen unos libritos muy chiquitos, folletos casi, que se llaman Espid and Yeti, me habían pedido algo y tenía un cuentito de veinte páginas y se los dí. Salió ahora y todavía no lo vi, justo hoy me escribieron contándome que había salido.

Y en España va a salir el mes que viene otra cosita muy chiquita que es un relato que escribí acá en Pringles el año pasado haciendo memoria de mi amigo recientemente fallecido Miguel López. Esto va a salir en una edición artesanal.

Y este mismo año también va a salir otra edición más, también chiquita: una edición exquisita para bibliófilos de treinta y cinco ejemplares numerados.

¿Suele guardarse copia de sus libros?

Una copia de cada uno sí. Ahora imaginate que ya no me entran en casa con todas estas pequeñas ediciones constantes.

Debe tener una biblioteca más que generosa sólo para sus libros.

No es para tanto pero sí, tengo muchos libros.

Ahora me regalaron un e-reader. Lo cargué con cuarenta libros y lo traje para Pringles.

Es todo un desafío abrirse a las cosas nuevas.

Sobre todo para usted venir hasta acá con un bolso con cuarenta libros.

Me alcanza y me sobra para la semana en la que estoy pero es lindo tener y elegir leer uno u otro. Me lo regalaron en Eudeba, la editorial de la universidad, que hacen e-readers.

Yo compro varios libros en Eudeba también para la facultad.

Y ahora todo el archivo de Eudeba lo van a digitalizar para los estudiantes y por medio de un precio especial comprarán los aparatitos estos para leer mas fácil, mas barato y mejor. Estaban muy entusiasmados

Parece una buena opción para combatir las fotocopias.

Si y para evitar la acumulación excesiva de papel: toda la cosa jurídica. Habrá edificios al borde del derrumbe de archivos y ahora, tenerlos en una cosita así [junta las manos e ilustra un espacio muy pequeño]…imaginate.

¿No piensa que puede provocar que pierdan un poco de valor? ¿O cierto tipo de valor?

No, porque no van a competir con el libro. El libro pasará a ser un objeto de arte y de lujo. El fetichismo de la gente como yo que siempre ha estado con los libros seguirá existiendo. Tiene mucha facilidad para ir al archivo y a las notas. Además tienen wi-fi y para pedirlos es mas que sencillo, lo pedís y al minuto lo tenés descargado.

No lo imaginaba amigo de ese formato.

Yo tampoco. Fui a Eudeba porque habían sacado una vieja novela mía en una serie del Bicentenario y me eligieron a la par de Sarmiento y Echeverria.

Con Ema, la cautiva.

Exactamente. Fui y me dijeron del e-reader: Qué lindo, como me gustaría tener uno…comenté y me lo tuvieron que dar. No lo pongas a esto.

Hablando de la facultad, debo tocar un punto que, si usted no desea, podemos pasar por alto. Tengo entendido se fue a Buenos Aires a estudiar derecho…

Si, medio como excusa porque no había carrera de derecho en Bahía Blanca. Si yo hubiera elegido otra carrera me mandaban a la chacra esa. Por eso elegí derecho y simulé estudiarlo por dos años hasta que me inscribí en la carrera de Letras.

¿Usted se fue a Buenos Aires ya queriendo dedicarse a la escritura?

Si. Ya desde chico tuve esa inclinación por los libros y cuando tenía doce o quince años entramos en una gran Cofradía espiritual con Arturo Carrera [Escritor Pringlense también mundialmente reconocido] con quien compartía el sueño de querer ser escritor.

Eso marcó definitivamente la vocación. De hecho nos fuimos juntos a la Capital, vivimos un año en una residencia de estudiantes junto con Alejandro Carrafanq y seguimos siendo amigos.

¿Siempre frecuenta a Arturo?

Nos vemos seguido. Sobretodo en el verano porque él lo pasa todo acá y cuando vengo nos encontramos.

¿Se leen mutuamente?

Si. Porque además a Arturito lo he utilizado como personaje de muchas de mis novelas. Asique me lee para ver ¡que le he hecho esta vez!

Quizás usted lo haga para que el sienta la obligación de leerlo.

Arturo me inspira, su vida e historias.

¿Se compras los libros o se los envían?

Nos los regalamos. Como nos movemos en el mismo circuito, compartimos muchos editores y hacemos circular nuestros libros.

Imagino que con un apoyo como el de Carrera, dos personas con el mismo interés, de un lugar tan pequeño y que ambos hayan triunfado…

Si. Es una cosa rara y un privilegio. Soy conciente que a pocos les ha pasado. Justamente le contaba a este muchacho del diario El Diario [diario Pringlense] que hace unos años estuve en Cuba en una reunión y un jóven cubano me dijo que acá los escritores argentinos que más se leían eran Carrera y yo. ¡Los dos chicos de Pringles!

¡Ni pagando podría haber sido mejor! ¿Debe darle mucho gusto no? Mas que justo los dos tengan ciertas similitudes en cuanto a las críticas y sean bienvenidos por igual en lugares como Cuba…

Nosotros hicimos un pacto de chicos de no interferir en nuestros campos: el la poesía, yo el relato. Siempre respetamos nuestros respectivos cotos de caza.

¿Piensa en que él lo va a leer o que alguien puntual va a leer su nuevo libro antes de entregarlo?

Si. Uno siempre piensa que dirá tal o cual pero por lo general es con gente muerta.

Ahora con esto de los e-books y esas cosas que usted mencionó quizás hasta lo estén leyendo en el más allá también.

(risas)

¿Podría establecer un perfil de quien es su lector? ¿Lo conoce o no necesariamente?

No sé. Tal vez me sorprende. Te voy a contar una anécdota que ya he contado que es poco modesta: Una vez yo iba caminando por la calle y me cruza un hombre que me grita “¡Adiós Aira!”. Lo miré pero no pude reconocerlo: Usted no me conoce- me dijo. Yo soy un lector. Un humilde lector.

Entonces me quedé pensando: Humilde lector. Y no es un humilde lector, si me lee a mí es un lector de lujo. No porque yo sea tan bueno, sino porque lo mío es literatura literaria y para llegar a mí hay que hacer todo un camino. No es como leer a Isabel Allende o a Majul, que eso sí que es un humilde lector ya que cualquiera podría entrar a los libros por ahí. En ese sentido lo digo, no porque yo sea mejor.

Me imagino que para su propio ego que alguien lo pare por la calle, considerando que su obra no está tan ligada a su rostro como la de otros escritores que lo reconozcan por la calle implica todo un trabajo y un googleo previo.

(risas)

Te cuento esto porque me vino a la mente ahora que nombramos a Majul y porque vos estás estudiando algo similar:

Una vez me dijo un periodista que ahora está en la revista Barcelona que lo peor que había hecho en su vida de periodista fue salvarle la vida a Majul.

(risas)

¿Cómo era posible? Le pregunté y me contó que hace unos años lo mandaron a hacerle una entrevista. Majul acababa de divorciarse y vivía en un departamentito de un ambiente y lo recibió por la mañana temprano. Cuando entró, Majul salía de ducharse y se notar que había ido con un fotógrafo dijo que antes de sacarse fotos se iba a afeitar. Entonces entró al baño, dejó la puerta semi abierta y este muchacho ve que Majul descalzo, parado en un charco de agua, saca la Philips shave y la va a enchufar. Entonces lo paró.

Y eso que hubiera tenido la nota de su vida…

No termina de arrepentirse, no sólo porque habría liberado al mundo de semejante alimaña, ¡sino porque tenía la primicia! ¡Imaginate la foto cuando se le pararan todos los pelos!

(risas)

Imagino entonces que clase de programas no ve…

Mirá, a esta hora, cuando me sirvo mi whiskycito veo todos esos programas de chimentos de artistas y políticos, que son mas o menos los mismos, ¡toda esa farándula divertida de payasos!

¿El cine le gusta?

Me encanta. Veo muchísimo cine. De hecho librito que escribí en homenaje a un amigo, Miguel López, es sobre películas que veíamos porque éramos fanáticos del cine y aquí se veía muchísimo. Dos cines y de doble programación. Íbamos de película en película a razón de cinco o seis películas por semana. Esa cinefilia me duró muchos años, cuando me fui a Buenos Aires me fui para ver más cine todavía. Las veía todas. Después, pasé muchísimos años sin ir al cine demasiado y ahora ha vuelto el gusto por las salas, en parte por haber sido jurado del BAFICI, y el descubrimiento del DVD que, para mí es el modo perfecto de ver cine. He vuelto a ver todos los clásicos y una o dos películas por día me veo.

¿Le gusta comprar películas?

Tengo una videoteca de un muchacho que está cerca de mi barrio de un muchacho que tiene todo, todos los clásicos, películas rarísimas… asíque me llevo de a diez, de a veinte. Tengo para entretenerme.

¿Le gusta Woody Allen?

Me encanta. Ahora vi una que me gustó mucho: Scoop.

Donde aparece un periodista muerto. Muy divertida. ¿Qué le pareció?

Está bien. Pero mejor, mejor, es otra que se estrenó este año… ¿Cómo es la del viejo…?

Whatever Works, ¡No tiene desperdicio!

Es muy buena. Tiene una escena hermosísima cuando ella vuelve de salir con un muchacho y empieza a decir todo lo que había aprendido del viejo ¡y acaba con lo de la teoría de las cuerdas!

¡Qué aburrido, le gusta todo!- Decía.

A mi me gusta mucho la forma que tiene para interactuar con el espectador. Cuando el personaje le habla a la cámara es incómodamente increíble.

También me gustó Conocerás al hombre de su sueños. Muy buena, ¡todos los personajes son malos! Tarde o temprano todos terminan siéndolo.

Al igual que los Hermanos Cohen que han hecho películas dónde todos los personajes son basura.

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Nos ponemos de pié y emprendemos el rumbo de vuelta al edificio de Aira.

¿Sabía que hay un supermercado chino acá en Pringles? ¿Quiere ir?

No, gracias, Ya he tenido demasiado con ellos.

Cesar Aira en El Bar de Gomez Parte III: Coda final

La soleada tarde que nos había regalado El Coronel se había transformado en el cruel y frío Pringles que se había presentado al caer la tarde-noche. Debido al frío y al viento insostenible nos pusimos de pié para emprender… ¿El regreso? No lo sabía.

A los diez metros se acabó el cassette. No había más chances pero ya tenía mi hora con César Aira. Como Pocos.

Que se acabara la cinta me permitió aprovechar para conversar sobre algunas cosas mas desarticuladas, como retomar la cuestión de Pringles, intercambiar opiniones sobre películas de Woody Allen o Wes Anderson, reflexionar acerca de la actualidad del pueblo, entre otras cosas.

Al llegar a la puerta de su casa y luego de darme la mano, recibió agradecido aunque sorprendido, la bolsa que había cargado desde el principio con los vinos que se llevó de souvenir.

Aira no da entrevistas. No me invitó a pasar. Cerró la puerta y se dispuso a subir esos cuatro pisos por la escalera rogando no sucumbir en el intento.

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Este trabajo no podría haberse llevado a cabo sin la colaboración de mi amigo Guille, su grabador y su familia, y por supuesto sin la amabilidad y la predisposición del Sr. César Aira.

lunes, 5 de septiembre de 2011