César Aira acaba de editar El Mármol, una novela breve en donde cuenta la retorcida historia de alguien que a partir de una compra en un supermercado chino de Buenos Aires se ve envuelto en una serie de aventuras sin precedentes con el pulso al que el autor nos tiene acostumbrados en una flamante edición independiente de tan solo mil quinientos ejemplares. A tres portadas diferentes, quinientos de cada una. Ni uno más. Es cada vez más común que el autor Pringlense opte por una de estos modos de editar. Otro de esos libritos cortos que el escribe a razón de una hojita por día, no mas.
Se sabe que entrevistar a Aira no es cosa fácil. Hace tiempo que no es asiduo a entrevistas pero sé, hizo una excepción y se vino al bar a tomar un vermú.
Soy de Pringles también y logré conseguir el contacto por medio de su madre y le escribí a su correo personal descaradamente.
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-Sr. Aira: (…) Me gustaría realizarle una breve entrevista.
Al minuto tenía mi respuesta: “Che, ¿vos sos sobrino de Horacio De Medio? Iba conmigo al colegio…Llamame en Pringles a lo de mi madre” Devolvía informalmente Aira. Ya era mío.
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Casualmente, el autor de Ema, la cautiva, viajaba a Pringles ese mismo día y se quedaba una semana. A los pocos días ya estaba yo allí en su búsqueda.
Al llegar me enteré del motivo de su viaje: Lo iban a nombrar ciudadano ilustre, nada menos.
Lo llamé a eso de las cuatro de la tarde a lo de su madre. Me atendió ella en persona:
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_¿Hola?
_Señora, buenas tardes, mi nombre es Santiago De Medio y había quedado en llamar al Sr. César Aira a su casa a esta hora, espero…
_A ver…Esperá. ¡César Aira!
_!Ahi voy! (Contestó una voz distante y poco familiar)
_(Suena agitado y tarda en atender) Hola
_Buenas tardes, ¿Señor Aira?
_ El mismo, como te va Santiago (Sigue agitado)
_¿Bien y usted? Espero no llamar en mal momento…
_No, no, para nada. Lo que pasa es que tuve que subir por la escalera porque no andan los ascensores y estoy en el cuarto piso…
(risas al unísono, era inevitable)
_Me enteré que va a estar ocupado este fin de semana, le agradezco que me pueda hacer un espacio…
_Tranquilo. Son las…cuatro y cuarto, venite a las cinco.
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Ni siquiera me dijo dónde vivía. Debió suponer, acertadamente, que, de saber quien era su madre y demás, sabría donde vivía al venir a Pringles –viene solo dos veces al año por una semana y se instala en lo de su madre, en un discreto edificio en la zona céntrica-.
Compré unos vinos –uno nunca sabe-, me acomodé, alisté la grabadora, un anotador y su último libro.
Sólo en Pringles – Pensé: Ya al salir de mi casa se podía ver el edificio en cuestión a tan solo dos cuadras- Ese de esa ventana tranquilamente podría ser él.
Toqué timbre y esperé. A los dos minutos baja un tipo de mirada despreocupada y arreglado casualmente.
Nos damos la mano y no me invita a entrar, cierra la puerta y me indica con un movimiento de la cabeza que prefiere caminar, me descoloca, pero es aún mejor caminar por Pringles, nuestro Pringles.
La gente que pasa lo mira. No estoy seguro de que muchos lo conozcan o reconozcan, no es por su cara que es famoso o reconocido, y menos por estos pagos. Pero de todas formas lo miran raro. Algo presienten, algo notan de esta figura. Tal vez, sea una cara ajena al trajín diario, tal vez si tenga algún tipo de aura especial a lo Walter Benjamin. El caso es que lo miran. ¿Él? Ni noticias de ello, no parece importarle.
Caminamos hacia la plaza del pueblo claramente. Un recorrido Art decó que es un ambiente mas que propicio para la entrevista mientras vamos sacando cuentas de quienes son mis padres, con quien fue él al colegio, y demás yerbas típicas de un pueblo del interior.
Ya en la plaza ubica un banco y nos dirigimos hacia allí. A esta altura, el grabador apagado ya había omitido grandiosas frases que el autor escupía con una terrible naturalidad. Al sentarnos no perdí mas el tiempo e introduje mi grabadora a la escena.

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