Por el otro lado están los aventureros. Los Juanitos, los Indiana Jones, las Lara Croft. Los que prefieren el paisaje al museo. Los que ven el estuco en el piso y no en las fachadas. Los que escuchan la música en el viento y no en las cámaras. Los que suben elevaciones montañosas y no escaleras. “Selva Negra por el Royal Albert Hall”.
Ellos vuelven con la misma sensación. Los mismos aires en el pecho. Con los ojos gordos y con una sonrisa de satisfacción indisimulable.
Es lo mismo. Exactamente. Lo único que varía es la forma de las cosas que describen. ¿Que diferencia hay entre una montaña y una catedral? Nada, sólo el que la erige. Nada más.
Con el tiempo uno aprende que es lo mismo.
Los espejos de los siete lagos de Bariloche, el viento de Madryn que traza como con un lápiz el paisaje como si fuera un boceto de Francis Bacon, el sonido distante de un charango en la entrada de Salta, Los Apeninos, la niebla de –Jeckyll y Hyde- Londres. Es lo mismo.
Ellos también salen unos y vuelven otros. También se los envidia, no seamos injustos. Ni jodamos.

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