Quizás sea lo mismo.
Si las cosas producen las mismas sensaciones, dentro del mundo de las percepciones, significan lo mismo. El pibe que sonríe cada vez que escucha Rhapsody in blue de Gershwin y el que cierra los ojos después de ver un Rembrandt o el que duerme después de un largo viaje a pata a Iruyá, quizás estén en el mismo lugar. Pero ni ellos pueden saberlo.
“Uno puede morir de un balazo, de un accidente, de viejo, de borracho, de una pérdida de monóxido de carbono, de amor. Hay formas de morir, pero la muerte es una sola”
El arte existe para eso. Y la naturaleza, hace lo mismo. El tango, la lluvia. La plaza roja, Aráoz y Manslla. El viento de Madryn, un tema del Vasco. La neblina de Londres, el humo de un bar blusero. Tu Dios o Bob Dylan. Lo que te enseñan y lo que hay. Lo que imaginás y lo que vés y tocás. La música o un beso.
Quizás no haya diferencia entre el arte y la naturaleza.
Quizás de eso se trate.

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